Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine (Jean-Luc Godard)

Jean-Luc Godard es una de las principales figuras de la famosa ‹Nouvelle vague› del cine francés, que sorprendió al mundo a finales de la década de 1950. El estilo vanguardista y extremadamente personal que impregnó Godard a sus películas tuvo cierta acogida en parte del público y en la crítica especializada, pero también hubo rechazo.

Y es que Godard exageró en usar sus filmes como tubos de ensayo para descubrir formas narrativas y curiosos usos de técnicas de montaje. Esto originó propuestas de complicada comprensión y de ritmo tedioso.

Lo que no se puede dudar es del gran amor que Godard tiene hacia todo lo que significa el cine. Es así que, en 1986, cuando ya había pasado totalmente de moda su influencia, aprovechó la oportunidad que le dio la televisión francesa para diseñar una producción irreverente, con mucho de su estilo artesanal, para recrear la frustración de quienes saben apreciar el arte fílmico y no pueden trasladar sus ideas a productos concretos.

Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine aborda las dificultades que tiene el director de películas Gaspar Bazin para impulsar una producción. Su estudio, denominado Albatros Films, realiza un amplio casting mientras él busca finiquitar el proyecto con un antiguo productor cinematográfico, Jean Almereyda, quien ya no tiene recursos ni influencia alguna. Es el momento cuando Eurydice, esposa de Jean, se obstina en ser la estrella del filme, pero los tiempos románticos del cine han cambiado.

La película puede ser interpretada de diversas maneras, al fin y al cabo no posee un hilo conductor claro. Se podría entender como una crítica a la falta de profundidad artística de las realizaciones televisivas en comparación con el gran cine clásico. La libertad creadora del Séptimo Arte se enfrenta a los limitantes recursos que ofrece la televisión.

Es un filme que derrama nostalgia cinematográfica. La referencia a cintas y personajes clásicos del cine es recurrente, sobre todo en el imaginario cotidiano de Bazin y Almereyda, quienes por su radicalismo artístico rehuyen y cuestionar el estilo televisivo.

Gran parte del filme se dedica a mostrar las pruebas del casting, con discursos repetitivos y algunos recursos cómicos. No hay mucha calidad en los postulantes, lo que es un tremendo problema para Bazin que ama el trabajo bien hecho, como el que hacía Dita Parlo en La gran ilusión, de Renoir.

Los participantes de la selección de actores aparecen como seres desocupados y que han visto en el proyecto de Albatros Films la posibilidad de ganar algo de dinero o de ser un personaje famoso de la TV, medio de comunicación y de diversión que ejercía un fuerte poder en la mente y comportamiento de la gente.

Solo Eurydice parece estar dispuesta a asumir la personalidad de las viejas estrellas de cine y por ello irá evolucionando en su concepción sobre el arte. Un par de pinturas clásicas serán las pruebas de su mutación, pues en un inicio solo está en capacidad de ver el número exacto de figuras humanas que aparecen en estas imágenes, pero posteriormente profundizará en el concepto y podrá descubrir que no todos los que aparecen allí son protagonistas de una escena.

Como si se tratará de un medio de desfogue de emociones, Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine es aprovechada por el propio Godard para personificar a un extraño personaje que asoma en una de sus partes, de manera fugaz, para indagar a Almereyda sobre la ubicación de un par de famosos del cine francés, sin haberse enterado que ya estaban muertos. Su presencia es icónica para representar el pasado y presente del Séptimo Arte.

Godard utiliza conscientemente determinados recursos técnicos en este filme, concebido en un inicio para exhibirlo solo en televisión, para delatar las facilidades que ofrece la nueva tecnología del vídeo y crear cualquier cosa. El pause, el rebobinado, el paso lento de las imágenes, el encuadre rígido y hasta las famosas barras de colores (símbolo de la TV a color clásica) tienen un sentido simbólico para cuestionar las posibilidades estéticas de la televisión, siempre comparada al cine.

Es una cinta que no tiene muchas probabilidades de satisfacción en su apreciación. Godard no era de los que esperaba gustar al público sino reflejar en sus producciones sus pensamientos sin importar mucho si éstos asoman en un orden coherente. Lo fundamental para Godard ha sido crear un cine que le guste solo a él y punto.



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