Érase una vez en China (Tsui Hark)

Sin duda Tsui Hark es uno de los nombres más importantes del cine made in Hong Kong surgidos en los últimos años. Vietnamita de nacimiento, se formó cinematográficamente en los Estados Unidos donde cursó estudios de cine, trabajando en diversos medios norteamericanos. Con la experiencia otorgada en esos años de aprendizaje regresó a Hong Kong, país donde había emigrado en su juventud para trabajar como guionista y productor. De su labor en la producción de películas destaca sobre todo su aporte en la saga Una historia china de fantasmas y también su coincidencia con un joven John Woo, autor que le ha acompañado a lo largo de diversas etapas de su trayectoria.

Nombre referencial del cine de acción hongkongnés de los ochenta y noventa, de su entusiasta participación en la industria asiática surgió a principios de los noventa una de las sagas indispensables del género de artes marciales. Y es que Érase una vez en China no solo se eleva como la película que reformó los paradigmas clásicos del cine de kung fú que tan buenos resultados dio en el pasado, sino que supuso asimismo todo un homenaje a ese tipo de cine que logró hipnotizar a toda una legión de seguidores durante los años setenta y ochenta, contando con nombres tan emblemáticos entre sus integrantes como Bruce Lee, Gordon Liu o Jackie Chan por poner solo tres ejemplos.

De hecho, el personaje protagonista de la saga (el maestro de las artes marciales y patriota chino Wong Fei Hung) fue llevado a la pantalla cinematográfica en múltiples ocasiones, siendo una de esas figuras ineludibles de la cultura popular china (entre otros Jackie Chan lo encarnó en su El mono borracho en el ojo del tigre y Gordon Liu en su El desafío de los maestros) que han recorrido durante décadas los guiones esculpidos en el lejano oriente. La película fue un éxito rotundo, suscitando que se convirtiera en una saga de dispares resultados.

En lo que respecta a este primer episodio, he de decir que Érase una vez en China es fundamentalmente un producto sólido y encantador hecho a la medida de los amantes del cine de artes marciales, incluyendo todos los ingredientes necesarios para exaltar los ánimos de los fanáticos del género. En primer lugar, destaca la perfecta ambientación y recreación de lugares comunes de esa sociedad china de mediados del siglo XIX que se enfrentaba a la llegada del progreso procedente de esos barcos que atracaban en sus puertos originarios de Europa y de América con oscuros fines mercantiles. La dirección de arte está especialmente cuidada, personificando las calles, ambientes y parajes típicos del país oriental.

En segundo lugar, cabe destacar el fino sentido del humor que Hark inyecta en las venas del film. No solo emanado de algunas situaciones esperpénticas y claramente paródicas, sino también de la presencia de ciertos personajes tiznados con un perfil marcadamente grotesco y extravagante ideal para explotar la carcajada más delirante.

Finalmente, como estrella deslumbrante despunta un Jet Li en plena forma que engatusa con su buen hacer, tanto desde el punto de vista dramático como en el puramente conceptual referente a las coreografías de acción lideradas por su personaje. La plasticidad mostrada por Li se alza tan hipnótica como atrayente, dejando con la boca abierta al personal en más de una ocasión gracias a esas patadas, giros y brincos imposibles, siendo especialmente memorable esa lucha final sobre los escalones de una escalera de madera tan inestable como divertida con ese rival de escuela que claudicó al aroma del progreso y las malas artes occidentales interpretado por el legendario Shi Kwan-Yen. Sin duda Jet Li es uno de los principales responsables del sobresaliente resultado del film, ejecutando toda una exhibición al alcance solo de los más grandes especialistas de las artes marciales, potenciado todo ello con una excelente personificación del maestro Wong, al cual otorga unos matices ciertamente sugerentes que le sientan al personaje como anillo al dedo.

Quizás uno de los puntos que pueden causar rechazo a cierto sector de público que se enfrente por primera vez al film sea el gigantismo que envuelve cada fotograma del mismo, puesto que Hark no dejó nada en el tintero gracias a un magnífico marco formal acicalado con una fotografía muy académica que resalta la belleza pictórica de los escenarios por donde tiene lugar el desarrollo de la trama, condimentado todo ello mediante una historia inabordable que tocará temas tan dispares como el nacionalismo, la lucha entre tradición y progreso, la invasión cultural extranjera, el sentimiento de inferioridad que absorbía ciertos estratos sociales sitos en las esferas de poder chino y como no, el amor imposible. Todo este batiburrillo argumental será muy bien mezclado por Hark, quien no perderá en ningún momento el timón del barco, aunque a veces éste derivará hacia mares gruesas debido a la cantidad de subtramas y personajes que irán apareciendo en el discurrir de la historia. Es cierto que puede dar la sensación durante el transcurso de algunos segmentos de la película de que el guion descarrila sin posibilidad de volver al redil, sobre todo por la cantidad de acontecimientos y circunstancias que deberá salvar nuestro héroe, el cual no podrá concentrar sus esfuerzos en una sola dirección, sino que serán varios los entuertos que deberá superar.

En este sentido, el exceso de villanos (que van desde ese gobernador que claudicará a los mandatos de occidente, pasando por el mercader de esclavos americano, los soldados de su majestad británica, el cabecilla de una banda de ladrones y maleantes también vendidos al capital yankee o ese maestro de kung fú que entablará una feroz lucha con Wong por la supremacía de sus respectivas escuelas) puede que origine cierta desafección pues resultará imposible concentrar la acción en una sola vía, sino que la misma se bifurcará en múltiples mini historias que serán solventadas finalmente con muy buen resultado por Hark.

Pero, igualmente será esa abundancia de microrrelatos a los que agarrarse uno de los aspectos que engrandecen un producto tan ambicioso como sobresaliente. No hay posibilidad de despiste por tanto, siendo esto un punto muy a favor de la propuesta de Hark: la de tejer una macro-epopeya de artes marciales cimentada sobre impactantes intrigas palaciegas y de poder que derivarán hacia un vértice político no exento de polémica que regalará un digno canto en favor de las tradiciones y el orgullo de un país milenario que se enfrentó sin miedo a las grandes potencias occidentales, ésas que a base de embustes ambicionaban esquilmar los bienes y riquezas que oriente encerraba en su vientre.

A pesar de que este enfoque nacionalista podría espantar a más de uno (un enfoque que no obstante será superficial con respecto al nudo principal de acción), Érase una vez en China se eleva como un dulce exquisito y espectacular que hará las delicias de quienes, como un servidor, disfrutan como niños observando a Jet Li ejecutar un sinfín de patadas y volteretas imposibles con la única intención de deslumbrar a los simples mortales. Y es que nos hallamos ante una película modélica, entretenida, muy bien realizada, ágil, simpática y siempre efectiva en su propósito de hacer pasar un rato muy agradable a los incondicionales del género de artes marciales. Así, Hark consiguió rejuvenecer a este tipo de cine, convirtiendo a Jet Li en un icono cultural a la altura de los más grandes héroes de acción, brindándonos por consiguiente un espectáculo inolvidable que explota los paradigmas insoslayables de los imperecederos clásicos del kung fu que se digiere con soberbio gusto.

Escrito por Rubén Redondo


Todo modo de amor al cine.



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