Entrevista a Anna Muylaert, directora de Una segunda madre

Tras coleccionar aplausos en Sundance y la Berlinale, la película brasileña Una segunda madre llega a los cines de España. Una historia que pone de relieve el choque entre clases sociales del país a través de pequeños detalles, que en su conjunto se sitúan a través de la óptica de Val, una criada que se reencuentra con su hija. Anna Muylaert, directora y guionista de la cinta, se ha pasado por Madrid para charlar sobre su último trabajo con Cine Maldito y los compañeros de Farrucini, Los interrogantes, Insertos y Soy cazadora de sombras y libros en la Librería 8 y ½.

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¿Cómo encontró el equilibrio entre la inspiración y la técnica en Una segunda madre?

También soy guionista, así que he escrito muchas obras para televisión. Me encanta la estructura dramática y he estudiado técnica e interpretación a través de las películas de Billy Wilder o Stanley Kubrick, que también era muy matemático, pero la estructura sin pasión no sirve de nada. Hacer esta película ha sido una lucha muy larga y te puedo decir que no se trata tanto de técnica como de locura. Antes de empezar a filmar, Jessica iba a llegar a la ciudad cumpliendo un destino muy cliché como era el de querer ser peluquera, pero quería sacarla de ese destino fatal, así que me encerré en casa durante unas semanas porque tenía la necesidad de hacer algo diferente, sabiendo que ella además es una actriz excepcional. Ahí se me ocurrió la idea de que Jessica fuera a estudiar arquitectura con ese sentimiento de ciudadanía y que fuera a romper esas reglas invisibles que se hacen visibles. La idea también se basa, como me dijo mi directora de fotografía, en el cuento Casa tomada, de Cortázar, sigue un poco esa misma estructura de invasión para luego expulsión. En dos semanas ya tenía la historia pero luego, a través de la técnica, fui siguiendo esa estructura de primero enseñar la habitación, luego la mesa del salón y así ya seguir un guión más matemático. También surgió que vi la película Teorema, de Pasolini, que sigue también esta estructura. Conseguí hacer un total equilibrado.

Me ha sorprendido lo lograda que está la puesta en escena. Además del valor simbólico, me llama la atención que te muestras muy distante con la familia burguesa al principio y no introduces el primer plano hasta la llegada de Jessica. Para lograr esta técnica audiovisual, ¿te guiaste por la intuición o seguiste algún referente?

Lo que hago se podría llamar demo-película, que está relacionado con los demo techs del mundo de la música. Es decir, procuro grabar en dos días o menos, porque cuando estás grabando tienes la presión del tiempo, del dinero y de estar rodeada por cien personas, por lo que es difícil conectar con el trabajo, así que antes me voy solamente con los actores y eso da mucha más libertad. Voy buscando el plano adecuado, por ejemplo el salón desde el punto de vista de la cocina, detrás del frigorífico, donde no ves lo que pasa. La inspiración también se basa en la película El custodio, de Rodrigo Moreno, donde trabajó la misma directora de fotografía que en Una segunda madre, Bárbara Álvarez. Es la historia de un guardaespaldas del ministro al que va siguiendo la cámara siempre pero, en cuanto llega al despacho, la puerta se cierra y la cámara se queda fuera. Todo eso cambia en mi película con la llegada de Jessica, esa cámara hasta entonces era muy política, mostraba una realidad que no se acababa de ver bien. Conseguir unos días antes el punto de vista de la cocina me produjo una gran satisfacción ya que, por primera vez, veía el punto de vista de la empleada, lo patético de la situación, por lo que esto provoca muchas emociones. Con la llegada de Jessica, la cámara se traslada al salón.

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Existe una teoría que dice que todos los traumas y conflictos que no se resuelven, los errores que alguien ha cometido en el pasado, se pasan de generación en generación. No sé si va por ahí la historia de tus personajes, porque al final parece que repiten los mismos errores…

Sin duda, esa estructura ya viene de todo el período colonial, de esclavitud, y nunca se ha cerrado. Así como en Estados Unidos ha habido un gran racismo pero tal vez incluso un mayor contrarracismo que ha hecho que ese racismo sea fácil de combatir, en Brasil ese racismo, que también está relacionado con ese problema social (porque suele ser “persona negra, persona pobre”), siempre ha estado disfrazado. Al estar disfrazado, nunca se ha podido combatir, siempre ha existido ese difícil problema social. Existen unas reglas más o menos educadas, vemos como la patrona le da un beso a Val y la llama “querida”, pero en realidad perviven esas reglas invisibles que vienen de todo ese pasado. En Brasil esta película podría causar bastante malestar y vergüenza, ya que ahí no se hablan de estas reglas, es la primera vez que entienden y ven algo que ellos hacen normalmente. De hecho, en uno de los pases que hice allí, vino una amiga mía y me dijo que la película era buenísima, pero que tenía que irse a casa porque necesitaba hablar con María…

Bueno, me refería más a nivel individual, acerca de los errores que comete una madre que, sin comerlo ni beberlo, también son cometidos por la hija. ¿Estamos destinados a cometer los mismos errores que nuestros padres?

Eso sería una cuestión más relacionada con el psicoanálisis. Una amiga bióloga me comentó una vez que, así como la madre pasa los problemas y soluciones a su hijo, en biología se dice que el cerebro no está formado hasta los cinco años de edad y los padres son los que se encargan de podar ese cerebro, que queda un poco condicionado y aprisionado. Es difícil, por tanto, cambiarlo a nivel estructural.

¿El personaje de Jessica representa a la nueva Brasil o más bien a la Brasil que Anna Muylaert desea?

Los dos. Brasil siempre ha estado gobernado por ricos, los presidentes siempre han pertenecido a la clase alta incluso cuando eran de izquierdas como Fernando Henrique Cardoso, hasta la llegada de Lula, momento en que por primera vez alguien de la clase baja llegó al poder. Introdujo muchos cambios, algunos se quedaron en el tintero porque no dio tiempo y tampoco se pueden hacer milagros, pero uno de los puntos importantes fue esa mejora de la autoimagen de los brasileños, de cómo se consideraban. También consiguió acabar con el hambre a través del programa Hambre Cero. Pero sobre todo lo que se consiguió fue dar ese impulso al sentimiento de ciudadanía, y Jessica es el retrato de ese cambio. También se podría decir que Jessica va más allá de esto, sería un poco como mi utopía.

La película está narrada en base a unos elementos muy locales, con un dialecto concreto, retratando lo que es al fin y al cabo la realidad de Brasil. Teniendo en cuenta esto, ¿te sorprendió que en Sundance o Berlín se entendieran como universales esos problemas?

Antes de ir a Sundance dudaba de si se entendería la historia, como los detalles de la lengua, pero sobre todo temía que no se entendieran detalles como que Fabinho durmiera en la habitación de Val, algo que podía haber sido malinterpretado. Es verdad que en Berlín y otros lugares de Europa donde ya se ha estrenado, la discusión se ha ido ampliando, de esa primera discusión de la empleada local se ha pasado a debatir sobre las relaciones de poder, que existen en todos los sitios, por ejemplo en el avión, donde hay lugares a los que no podemos acceder si no pagamos lo suficiente. Me gustó y me sorprendió que la película fuera el inicio de una discusión mayor, más general y mucho más importante.

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