El secuestrador (Leopoldo Torre Nilsson)

El cine clásico iberoamericano, desgraciadamente muy desconocido en Europa, está plagado de obras maestras de una profundidad e intensidad difícilmente equiparables con otras cintas de su misma época, y es que me ha sorprendido muy gratamente el descubrimiento de una serie de películas que prolongaban los paradigmas esgrimidos por el neorrealismo italiano para sublimar los esquemas tradicionales de esta maravillosa corriente cinematográfica nacida en el país transalpino. Así obras como Crónica de un niño solo de Leonardo Favio, Vidas secas de Nelson Pereira dos Santos, Espaldas mojadas de Alejandro Galindo o El chacal de Nahueltoro de Miguel Littin transgredían y adaptaban la línea trazada por los maestros italianos para llevar a tierras americanas con un estilo propio y ferozmente salvaje los esquemas del neorrealismo. No se trata de un neorrealismo al uso, sino de un talante marcadamente personal en el que la fogosidad y el vigor predominan sobre el estilo más poético y lírico del neorrealismo europeo. Esto puede chocar ¿es que el neorrealismo italiano no era feroz? ¿Y qué pasa entonces con cintas como El limpiabotas o Alemania año cero? Puede que haya exagerado en mi percepción personal, pero esta posible hipérbole me la podrán corroborar alguno de ustedes si se atreven a ver una película como la que vamos a reseñar ahora mismo: nada más y nada menos que El secuestrador del legendario cineasta argentino Leopoldo Torre Nilsson.

El secuestrador

El secuestrador es la película neorrealista más salvaje que he visto. Los términos espeluznante, sudor frío, escalofrío, pelos de punta son sinónimos que recorren el metraje del film con total normalidad. Se trata de un cuento terrorífico de un realismo atroz nada sensacionalista en el que no hay sitio para la esperanza. Como las grandes películas de la corriente neorrealista, la trama gira alrededor de la infancia narrando los avatares y peripecias de una pareja de hermanos que malviven en una barriada de chabolas junto a su borracho padre, su sufrida madre ama de casa, su tía adolescente Flavia y su hermano recién nacido. Siempre me ha fascinado el hecho de que las mejores obras del neorrealismo estén contadas a través de la mirada de un niño. Los grandes maestros sabían que esa mirada limpia de los pesares vitales era la forma más escalofriante de describir la realidad de un mundo deforme y feo que poco a poco va contaminando la mente de los chiquillos, aún cuando ellos no se den cuenta de este hecho. Este esquema es el que sucede en esta obra maestra del cine: los niños protagonistas, carentes de juegos infantiles y repletos de obligaciones laborales y quincalleras, actúan como adultos sin que ellos mismos se den cuenta, si bien la responsabilidad es una virtud que aún no podemos exigir a sus bisoñas personalidades donde aún queda un resquicio para la inocencia irresponsable.

La película describe sin tapujos y con un estilo ascético pero a la vez dinámico muy de mi gusto el día a día de estos dos chavales que tratan de sobrevivir en un asfixiante ambiente marcado por la pobreza, los abusos sexuales magnífica la insinuación que hace Torre Nilsson sobre los más que posibles ultrajes que sufre la tía de los niños a manos de su degenerado padre y la picaresca que acarrea el hecho de trabajar de modo clandestino en el mundo de la chamarilería de contrabando. Así seremos testigos de las andanzas de los jóvenes protagonistas con Berto (el joven novio de su tía), un ingenuo adolescente que complementa su trabajo en la tienda de su madre con pequeños hurtos de chatarra que revende a una banda de facinerosos que habitan en un cementerio. También contemplaremos el deseo que ostentan los niños por escapar del dantesco ambiente que habita en el hogar paterno, siendo la calle un símbolo de libertad que quiebra las angustiosas rejas hogareñas. Los infantes tendrán únicamente un sueño en la vida: adquirir el carrito de la vendedora de algodón de azúcar (una mujer de origen español que desea irse con su hijo recién casado con una catalana) con objeto de obtener un medio de subsistencia honrado a la vez que poder satisfacer su gula de vez en cuando devorando el glaseado manjar (magnífico guiño este a películas como Ladrón de bicicletas o El Limpiabotas de Vittorio de Sica). Igualmente es importante en la narración de la película la relación entre Berto y Flavia (la tía de los niños) que sirve para retratar a través de la mirada curiosa de la adolescencia el despertar sexual y la utopía de la búsqueda de una nueva vida alejada de la miseria moral y económica que rodea el panorama de su existencia. 

Pero lo que convierte a esta película en una pieza diferente con respecto a sus referentes es el cambio que se produce en los últimos veinticinco minutos de su corto metraje (70 minutos de duración), de modo que la historia costumbrista impregnada de un  penetrante realismo cotidiano que estábamos contemplando apoyada en magníficas secuencias de los protagonistas gozando de las atracciones de una feria a la que acceden con nocturnidad y alevosía o con la actuación de un faquir en un cabaret, se transmuta en un cuento de terror con elementos grotescos cercanos al gore que llegan a su cumbre en tres escenas horripilantes muy próximas al vómito por el carácter explícito de las mismas y que consiguen elevar el tono de la película hacia paisajes tomados por la crueldad, el horror y la brutalidad más atroz.

El secuestrador

En estas tres escenas, de un realismo turbulento y depravado, asistiremos a la violación de Flavia tras recibir Berto una brutal paliza, a la muerte del hermano recién nacido de los niños protagonistas el cual es literalmente devorado por un cochino salvaje (esto no es una metáfora, sino que seremos testigos del zarandeo que sufre el bebé a manos de un cerdo que campa en un páramo) y un infanticidio. Si ya de por sí resulta díficil contemplar el asesinato de un bebé en primer plano, más complejo de asimilar resulta ver los virulentos meneos que sufre el crío en las fauces hambrientas del puerco. Torre Nilsson adorna el hecho con la inquietante presencia de la sangre desprendida en el homicidio. En pocas películas se ha filmado un atentado contra nuestra adiestrada moral como en esta espeluznante secuencia, en la que la insinuación brilla por su ausencia. Pero no contento con esto, Torre Nilsson diseña otro morboso infanticidio, esta vez perpetrado por los propios protagonistas que asesinarán accidentalmente a un inocente infante al que ellos llaman el secuestrador, puesto que su familia les ha hecho creer, en aras de proteger su tierna mente, que su hermanito no está muerto, sino que ha sido llevado a un hospital debido a que ha contraído una enfermedad.

La escena del infanticidio está plagada de simbolismo metafórico. El hecho de que la familia oculte a los niños la cruda realidad del fallecimiento de su  hermano provocará que los infantes culpen a un inocente del secuestro imaginario de su fraternal pariente. Este engaño provocará otro hecho funesto: la muerte de un chico que no tiene culpa de la mentira tejida por los familiares para evitar el sufrimiento infantil. Los niños no serán conscientes de que han cometido un asesinato ya que creen que únicamente han dejado inconsciente a la pobre víctima, abandonando irresponsablemente el lugar del crimen sin dar importancia al sueño eterno en el que parece haber caído el desgraciado mártir. En la escena final los dos protagonistas, que por fin han logrado un pequeño triunfo en este pequeño lapso de tiempo tras obtener como regalo el carro de algodón de azúcar, se cruzarán con la marcha fúnebre del niño asesinado, urdiéndose una funesta conexión entre las dos muertes infantiles.

El secuestrador

Es difícil encontrar una película más macabra, llena de bilis moral y espeluznante que esta obra maestra del cine argentino. Sin concesiones a la galería a la vez que evitando que el silencio gane la partida al dinamismo y a la realidad cotidiana, Torre Nilsson elabora una fábula hiperrealista, tenebrosa a la vez que costumbrista, metafórica, con una fotografía que retrata la suciedad del ambiente y unas interpretaciones increíblemente naturalistas. Destacan, además de los niños protagonistas, un joven Leonardo Favio en uno de sus primeros papeles como actor en el cine y la angelical María Vaner, cuya mirada triste y melancólica refleja el malestar decadente que empapa la existencia de los sufridos moradores de los barrios marginales de las grandes urbes. Los amantes del cine más crudo y realista disfrutarán con esta auténtica joya del cine que estoy seguro no dejará indiferente a los que acudan a la cita con El secuestrador.



3 comentarios

  1. Ana Ravera wrote:

    Me encanta que te hayas dejado fascinar por el realismo clásico argentino. Se nota que ha sido todo un descubrimiento y que estás disfrutando de cada película que ves. :) El secuestrador es sin duda una obra maestra.

    • Rubén Redondo wrote:

      Son fascinantes estas películas. De Torre Nilsson me ha encandilado igualmente La caída, otra película extrañísima que aborda el mundo de la infancia desde otro enfoque diferente al habitual. Es incomprensible lo olvidado que está el cine clásico (y no solo clásico, sino también el contemporáneo) iberoamericano en España. Nos estamos perdiendo obras maestras muy interconectadas con nuestra cultura y forma de ser. Esto da para abrir un foro de debate. En España se estrena antes que la mejor película argentina, mexicana o brasileña, cualquier película sueca, danesa, francesa o incluso últimamente belga. Personalmente no sé que aportan estas películas de latitudes que nada tienen que ver con nosotros antes que las maravillosas obras que se producen en Argentina, México, Brasil,Chile Uruguay o incluso Colombia. Siempre he sentido que España nunca ha sabido fomentar el intercambio con una latitud tan cercana (mucho más próxima en cultura y personalidad que Europa) como la iberoamericana. Creo que es una cuestión de falta de visión, siempre se ha visto al continente americano con una visión de superioridad que no es cierta, sino todo lo contrario. ¿Qué aporta a la cultura española un bodrio infumable sueco o danés que solo interesa al gafapasta de turno, en lugar de una película de corte realista como las que se están produciendo ahora mismo con enormes resultados artísticos en latinoamérica? Creo que se ha perdido una oportunidad que espero se retome y sirva para efectuar un intercambio real de cultura entre España y latinoamérica, porque mercado hay tanto en España como en Iberoamérica y sería muy beneficioso para las dos partes (creo yo). El secuestrador es increíblemente una película que no es nada conocida en España. Cuando la vi, reconozco que de pura casualidad y sin contar con referencias, me quedé con la boca abierta. Es una película brutal, salvaje, de lo más escalofriante que he visto en cine clásico. Es inaudito que este peliculón no sea una cinta de referencia entre los cinéfilos amantes del neorrealismo clásico. Gracias a internet creo que poco a poco vamos descubriendo estas maravillas que tenéis allá. Un abrazo!! ( y perdón por el coñazo que he soltado jejeje)

      • Ana Ravera wrote:

        No tengo más que agregar excepto: BRAVO!!!! Muy bien dicho. Esperemos que el intercambio cultural hispanoamericano se convierta más en una realidad que en una frase hecha. Besos!

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