El pejesapo (José Luis Sepúlveda)

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La palabra que se me viene a la cabeza al hablarles de esta obra es “basura”, pero trataré de contener la bilis y justificar de algún modo mi opinión. Digamos que uno, al leer la sinopsis de El pejesapo, pudiera pensar en el parecido entre ésta y El fuego fatuo, película francesa de los maravillosos años 60 que aprovecho para reivindicar. Y es que, en efecto, ambas sinopsis son sospechosamente parecidas y pueden llevar a engaño: las similitudes se quedan aquí. Lo que en la cinta de Louis Malle era una radiografía lucidísima en torno al desencanto y el hastío vital, se torna simple y llana chabacanería y fuegos de artificio ineficaces en manos de Sepúlveda, al que se le intuye con ganas de decir alguna cosa sin llegar a hilar un pensamiento consistente. La intención no basta, hace falta un poco de intuición artística, y de eso no va precisamente sobrada la obra que nos ocupa, tan emparentada no sé si pretendidamente con el movimiento Dogma danés en su recreación de la vida, perra vida, en su más fea y descarnada expresión. Esto, que podría no haberme molestado en absoluto de haber encontrado una lectura más profunda y rica en matices a la que agarrarme, se convierte en inadmisible al constatar el desfile interminable de minutos empleados para, no digo contar, sino sugerir siquiera alguna cosa masticable.

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El pejesapo, pues, deja con hambre. Y es una pena, la verdad, ya que las resonancias potenciales de un proyecto como éste son bastante prometedoras si se rozan los acordes adecuados. Quiero decir que a poco que el espectador haya lidiado con la vida y conozca los oscuros recovecos de eso que llamamos realidad, encontrará en este tipo de narraciones algo así como un confesor al que acogerse en esos momentos en que “todos los días son iguales” o “te botó el río” (he aquí un camino más simbólico y poético que el director podría haber seguido). Sin embargo, se tiene la sensación durante el visionado de que la cinta deambula en tierra de nadie sin encontrar su tono ni su ambiente, limitándose a una cuenta atrás (el Final Countdown suena en las escenas finales) por ver en qué bizarrada acabará el periplo de un personaje tan odioso como indefinido al que no se le entienden ni el habla ni las intenciones, si las hubiere. El que esto escribe no afirma que deba buscarse una razón por la que camuflar lo absurdo de la existencia humana en la pantalla, nada más lejos, pero, puesto que algunos defienden que el cine no debe fotocopiar la vida sino adaptarla, no estaría de más solicitar de un director una mínima ambición en ese sentido.

Sepúlveda no es ningún Camus, desde luego. Tampoco en el uso de la música se acerca a las composiciones lyncheanas a las que parece evocar, por inesperadas y desquiciadas, puesto que la atmósfera durante esas escenas se deshace entre los dedos al no alojar ningún misterio cierto salvo la podredumbre, tanto intelectual como física. Es precisamente en esa fisicidad tan manifiesta y resobada donde naufraga finalmente El pejesapo, que juega con todas sus cartas bocarriba y no ofrece al espectador más entretenimiento que el de reconocer debilidades y putrefacciones varias. De nuevo, las comparaciones son odiosas, y es que el estilo improvisado en la dirección y edición (muy de falso documental) ya fue llevado a sus más altas cotas con el final de Zamri, umri, voskresni!. Les invito a que juzguen ustedes mismos la diferencia.

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One Comment

  1. mario wrote:

    que rara la critica yo la encontre re buena y para ser chilena excelente tengo 65 he visto toneladas en cine y teatro en chile y todo el mundo.

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