El otro hermano (Israel Adrián Caetano)

Cambiamos de tercio y dejamos atrás los dos últimos grandes estrenos del cine sueco visionado en Santiago —The Square y Sami Blood—, para volvernos ahora hacia Argentina, entornando ojitos hacia uno de sus actores fetiche, allá, allende su país y especialmente querido en el nuestro. No en vano Sbaraglia lleva a estas alturas de su carrera 15 títulos de factura española.

El actor, ganador de un Goya por Intacto, presentaba esta semana en el festival compostelano, en una muestra de humildad, amor y pasión por su profesión y público, sus dos últimas cintas: No te olvides de mí y El otro hermano. En ambas, destacándose por encima de los grandes personajes a los que este intérprete de 47 años nos tiene acostumbrados. En Cineuropa nos hemos acordado de su duelo generacional contra Fernando Fernán Gómez en La ciudad sin límites, o de su progresiva animalización, desesperada e instintiva en Relatos Salvajes y muchos lo hemos redescubierto, con grata sorpresa, en el que fuera su primer largometraje. Es cierto que recordábamos aquel título argentino de culto, uno de los homenajes más explícitamente dolorosos a los represaliados de la dictadura de Videla, La noche de los lápices, pero algunos no lo ubicábamos a él como debutante en aquella cinta con apenas 16 años.

Y es que su recorrido, curioso, coincide también con los años de vida que Cineuropa cumple en esta edición: Leonardo Sbaraglia comenzaba su andadura como actor hace 31 años. Muchos años para un tipo joven, muy cercano que, emocionado, presentaba su último trabajo en el Teatro Principal de Santiago, dirigido por Adrián Caetano y dedicándoselo en esta ocasión al recientemente fallecido Pablo Cedrón, compañero de reparto en la cinta.

El propio Sbaraglia describe a El otro hermano como un western, construido a partir de la sordidez de un personaje, el suyo, curtido en la persecución y represión de la última etapa de la dictadura. La película nos traslada hacia mediados de la década de los 90. Duarte, ex militar ahora desocupado, reciclado como conseguidor, intermediario, se gana la vida a base de extorsionar, secuestrar y torturar. Antiguas prácticas consentidas durante la dictadura que siguen de algún modo vigentes en zonas rurales muy alejadas de un país inmenso donde es difícil que el poder de coerción del Estado o de la Justicia llegue. Basada en la obra escrita Bajo este sol tremendo de Carlos Busqued, dos grandes aciertos de esta cinta son, por un lado, el potente papel de Sbaraglia —un monstruo deshumanizado y cínico—, y la banda sonora a cargo de Iván Wyszogrod por otro, con efectos de sonido metalizados y punzantes, que recrearán un sucio ambiente de chatarra, sudor y polvo, en la que creemos es, como dice su protagonista —tomando la necesaria distancia cinematográfica y no el género al pie de la letra—, efectivamente un western de villanos y sus justicieros.

No sería justo dejar de destacar a otros grandes nombres de esta cinta como el citado Pablo Cedrón (Enzo), Alián Devetac o el propio Daniel Hendler como Cetarti, contrapunto al Duarte de Sbaraglia. Como tampoco a Ángela Molina, testigo hastiado y repugnado de la depravación de aquella Argentina provinciana anegada de corrupción y tortura.

Una excelente obra, pausada, con un ritmo monocorde —no lento—, roto por momentos no aptos para estómagos sensibles; una fotografía polvorienta, pajiza y un fino sentido del humor que se agradecerá ante los perturbadores sucesos que nos narra. La cinta cobra fuerza en una secuencia casi hacia su final que, si bien puede intuirse, no deja de servir de digno colofón a un relato, un thriller sin prisas ni ruidos, profundamente envolvente y muy desasosegante. Relato que además hace gala de una rica textura de colores, crepusculares, también muy áridos, para convencernos a cada plano de que El otro hermano es la descripción cocida a fuego lento de la fealdad humana: sus interiores dan buena muestra de ello. Porque todo a lo que asistimos está humanamente devastado sin dejar lugar a la esperanza. Y en ese retrato lúgubre, Leonardo Sbaraglia —el bueno de Leonardo Sbaraglia—, convence plenamente. ¿De dónde ha sacado al monstruo? Solo él podrá responder a esa cuestión. Pero sin duda, lo que es obvio es que le ha prestado todo su talento y alma al personaje más execrable de su carrera.



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