El nacimiento de una nación (Nate Parker)

«Toda minoría tiene derecho a la violencia» 1

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¡Indefensos y oprimidos en general, llegado el límite solo queda la violencia! Es por estos caminos pantanosos pero en ocasiones ineludibles por los que el realizador Nate Parker nos lleva en su primer largometraje. El nacimiento de una nación puede entenderse como una respuesta visceral a la obra homónima de Griffith. Y es que esto de responder a titanes mediante tu obra siempre ha estado muy bien (a Hegel le pinchaban el culo los hermanos Schlegel dando lugar a una de las disputas sibilinas y crípticas más atractivas de la Historia de la Filosofía). Pero, más allá de la importancia de que tu interlocutor debiera estar vivo (por eso de que la provocación tenga éxito), la gracia de este tipo de juegos es realizarlos de manera sosegada, intentando buscar los puntos débiles del objetivo e intentando ser siempre más original que él. En otras palabras, Nate Parker cae en la vulgaridad de asestar un revés, así a lo loco, ya no solo a la obra de Griffith, sino a toda réplica racista que se manifieste en la actualidad.

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El nacimiento de una nación está erigida sobre el sentimiento más puro de rabia, lo que es un primer paso interesante. Una historia de venganza que parte de la cólera y de la irritación tendrá siempre ese halo de pureza que la hará sincera. Es en este sentido en el que el cóctel de un tipo cabreado que se dispone a representar un hecho histórico que refleja los primeros hitos de los esclavos en busca de su identidad como fue la rebelión liderada por Nat Turner suena bien. Mentira. El guantazo, sin apenas verlo, termina por sobrevenirte en el instante en el que las expectativas chocan contra lo percibido. Y es que el cineasta estadounidense desarrolla una historia que ralla en la convención cursi y presuntuosa habitual. Y digo lo de habitual porque en sus pretensiones de ser diferente, El nacimiento de una nación termina por resguardarse bajo el opulento manto de aquello que en el fondo deseaba. No es por ello casual que le haya sentado mal no ser nominada a ningún Oscar. Como dice una amiga mía sobre los chicos con los que ha estado: «todos los directores poco originales son iguales».

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En primer lugar, Nate Parker quita peso a todo realismo para dotar de un aura mítica la historia de Turner. Si el realismo suele ser el mejor arma para remover conciencias (lo que se supone que es el primer objetivo el film), resulta totalmente incomprensible que su director mitifique a su protagonista, alejándole así de la realidad y elevándole a una posición en la que la gente, por mucho que lo intente, siempre va a terminar por verle a él como el único redentor y a sí misma como la no seleccionadas por la mano divina. Es decir, Parker convierte a su personaje principal en una figura mesiánica nacida para salvar a su pueblo y que por muchos obstáculos que encuentre el destino siempre terminará por llevarla a la realización de su misión. Más allá de que las estructuras férreas que se derivan de este tipo de planteamientos (mesías redentor; los buenos que le siguen, los malos que, por miedo o lo que sea, deciden no actuar; y los inhumanos que hay que aplastar) huelan a rancio, el problema de esta visión que tiene Parker es que no se puede buscar la revolución atendiendo a un héroe elegido porque no tiene eficacia hoy en día, entre otras cosas, precisamente porque este tipo de líderes espirituales no tienen cabida en nuestras sociedades. No se puede combatir el mito mediante el mito. En segundo lugar, la constante presencia de la violencia descarnada traspasa la frontera de la documentación para convertirse en una herramienta de manipulación. Y no sé a los demás, pero a mí que intenten movilizarme mediante la fuerza de la imagen en lugar de utilizar un discurso basado en la argumentación y tomando como base la inteligencia me saca de quicio.

El nacimiento de una nación habrá tenido éxito en Sundance, pero no ha logrado engañar a todos. Su discurso épico y sus ansias de resultar conmovedora en todo momento terminan por acallar ese grito de rabia en bruto en el que parecía fundarse todo este proyecto para dar lugar a un artificio sensiblero y para nada necesario.

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1 LIZZIE BORDEN, Born in flames, EEUU, 1983, min. 16.



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