Dragonfly Eyes (Xu Bing)

Ganadora del Premio FIPRESCI, además de obtener la Mención Especial del Jurado Ecuménico y el tercer Premio del Jurado Joven en la septuagésima edición del Festival de Locarno, Dragonfly Eyes se posiciona como una de las piezas más extrañas e hipnóticas de las perlas exhibidas en el certamen suizo y también una de las obras más originales y extravagantes de las que un servidor ha podido contemplar últimamente. Rodada sin actores profesionales. Basando su apuesta en encadenar una serie de imágenes en principio inconexas tomadas por las cámaras de seguridad de tiendas, templos, establecimientos, ordenadores, grandes almacenes y demás entornos espaciales de China a lo largo de un trabajo capaz de resumir en ochenta minutos la vida cotidiana del gran dragón asiático de los últimos dos años.

Pero no se engañen. Esta no es una película documental. Su autor, Xu Bing ambiciona contar una historia a partir de la nada. Y el truco funciona. El pretexto argumental está muy ligado a emblemas como París, Texas o Centauros del desierto. Se trata de la historia de Qing Ting y Ke Fan. Ella una joven que a los diecisiete años decidió ingresar en un templo budista para curar su alma corrompida que sin embargo en el último momento, antes de ser evangelizada, decidirá abandonar su retiro espiritual para retornar al bullicio de la gran ciudad. Una vez instalada en la urbe, comenzará a trabajar en una granja destinada a la producción de leche de vaca donde conocerá a un trabajador llamado Ke Fan del cual se enamorará. A raíz de su unión, la pareja comenzará a sufrir una serie de desgracias, siendo ambos despedidos de su trabajo en la lechería al ser acusados de cometer el robo de una vaca. La expulsión de la pareja acarreará un viaje a ninguna parte a las cloacas más putrefactas de la gran ciudad. Así, Qing Ting fracasará en sus continuos intentos de reinserción siendo despedida nuevamente tanto de una tienda de ropa (debido a la traicionera actitud de una rica y repelente farmacéutica) como de un restaurante. Ke Fan buscará saldar la deuda vengándose de la farmacéutica que ocasionó el cese de su novia, pero el carácter traicionero de ésta ocasionará que Fan se vea envuelto en una trifulca con unos matones contratados por la propietaria del puesto de venta de medicinas siendo encerrado en prisión por un período de tres años.

A su salida de la cárcel Ke Fan iniciará una búsqueda obsesiva y enfermiza de Qing Ting, una mujer a la que todo el mundo parece haber perdido el rastro. Acudirá a los sitios en los que paseaba con ella. A su antiguo templo. Al último restaurante donde trabajó. Pero nadie sabe nada de su paradero. Únicamente surgirá una pista. Pues el rostro de Qing Ting se personará en una fotografía que adorna una clínica de cirugía estética. Se comenta que la misma fue objeto de una operación para recomponer su rostro. Para adaptar el mismo a las exigencias de una sociedad esnob y guiada por las apariencias exteriores. Fan se agarrará como un clavo ardiendo a este indicio rastreando la espectral traza de su pareja. Y finalmente detectará su empaque en la cara aniñada de una estrella de las redes sociales llamada Xiao Xiao. Una dama con cara de niña que se expondrá cada día a las miradas ajenas radiografiando desde su PC su vida. Cantando canciones sin sustancia. Excitando la imaginación de pajilleros y salidos que trollean su línea de interacción. Fan establecerá contacto con ella a través del chat. Iniciarán una conversación aparentemente sin sentido que asustará a Xiao. Y ésta volverá a desaparecer. Según todos los indicios víctima de suicidio al tirarse de un puente. Pero Ke no descansará hasta descubrir la verdad que se esconde tras todo este entuerto.

Sí. De forma increíble Xu Bing consiguió hilvanar una trama de suspense e intriga, que evoca en cierto sentido a París, Texas tal como he mencionado anteriormente, a partir de retales de realidad captados por cámaras de seguridad y de internet. Resulta increíble el logro alcanzado por el film. Partiendo de la narración en voz en off en primer lugar del personaje de Qing Ting que posteriormente pasará el testigo a la desesperada busca emprendida por el de Ke Fan. Pero estas figuras no existen. No tienen un rostro definido. Son difusos. Pueden tener tu tez o la mía. O la de esos millones de ciudadanos chinos que brotarán en pantalla deambulando por senderos que solo ellos conocen. En un principio la película no parece que vaya a arrancar. Ofrece cierta sensación de inestabilidad y esoterismo. Sus imágenes son claras y concisas. Siempre tomadas en planos cenitales. Como esas libélulas que sobrevuelan nuestras cabezas observando todo lo que nos rodea sin que seamos conscientes de ello. Esto supone una perfecta arma con la que Xu Bing jugará con nosotros. De forma traviesa. Transformándonos en libélulas sin voz ni voto. Solo espectadores que contemplan cosas que aparentemente no tienen un porqué. La posición de las cámaras de seguridad ayuda a empaparnos en este personaje oculto que mira con desdén al prójimo sin importarle un pimiento lo que acontece con el desconocido. La voz en off que vocea la historia como un juglar no parece que nos afecte demasiado. Incluso nos puede aburrir con su tedioso cantar de gesta.

Pero poco a poco Xu Bing nos ha atrapado. Como una araña a esas incautas libélulas que vuelan tranquilas dejándose arrastrar por el viento. Empezará a introducir imágenes impactantes para inquietarnos. De accidentes de tráfico. De suicidios. De gente tirándose por los puentes para caer ahogada en la inmensidad de los ríos orientales. De peleas salvajes luchadas en mitad de la noche por una jauría de perros de presa con semblante humano. La sangre brotará. Los fragmentos cada vez serán más distorsionados. Deformando la realidad de un modo sibilino. Intercalando secuencias sosegadas grabadas en un templo budista en medio de la noche mientras un monje golpea su tambor; o tomadas desde lo alto de un rascacielos atisbándose pues el horizonte de la ciudad humedecido por la quietud de sus cielos y estrellas; o filmadas en un restaurante donde los comensales devoran los platos del menú; con otras ciertamente turbadoras y amenazantes. Como esos accidentes automovilísticos acaecidos por una serie de imprudencias de locos al volante; como esas imágenes del derrumbe de un edificio con sus trabajadores siendo aplastados por la masa de cemento; como esos segmentos que dibujan espeluznantes palizas de pobres desgraciados masacrados por varios matones a patadas y cuchillazos; o esa escena que no se me quita de la cabeza en la que observamos en el rellano de una puerta las figuras de lo que parecen ser dos viejecitas martirizadas a escobazos por un monstruo al que no vemos la cara. Las escenas de accidentes automovilísticos son impactantes. Recuerdo la de un motorista que será embestido por un auto acabando el mismo de pie en el techo del vehículo culpable del hecho. Pero también la de esa furgoneta que se llevará por delante a un grupo de vacas.

Las palizas también abundan. Y esto no es de cara a la galería. Xu Bing exhibe dos infiernos en la tierra. Por un lado el de su artificio: la historia representada por esa búsqueda de un espectro desaparecido por arte de magia. Por otro el que realmente importa. La representación de una China inhumana y dantesca. Moderna. En la que el progreso ha hecho estragos. Morada por una juventud ignorante que ha decidido imitar a occidente. De chinas con mechas rojizas y operadas para hacer más occidental su figura. Aplastada por un capitalismo salvaje que no tiene freno. Que igual que construye, destruye todo lo que toca. Orientado por la burbuja inmobiliaria que masacra a sus albañiles y trabajadores. Poblado por gente sin rostro ni alma. Envenenada por una violencia extrema. De esos coches volteados. De esos quinquis que muelen a puñetazos a sus ingenuos adversarios. De esas dueñas de locales que no dudarán en hacer daño al más débil ejerciendo su poder dinerario, sin importarlas un comino el destino de sus damnificados.

La película es asfixiante. No da tregua ni respiro. Da miedo. Su realidad se muestra cercana y próxima. Es la vida cotidiana en China, como podría serlo en Madrid, Nueva York o Buenos Aires. Nos señala a un ser humano egoísta y radical. Carente de comunicación verbal, pero excedente de la física. Los golpes han reemplazado a las palabras. La colisión a la solidaridad. Nadie habla con nadie. Todos pelean con todos aplastando a nuestros semejantes si somos conscientes del más mínimo resquicio para poder hacerlo. Los fragmentos me erizan la piel. Sé que están adulterados por su autor el cual sabe hacer un excelente uso de la técnica del montaje para recrear una historia sin un escenario prefijado. Sus desfiguraciones me conciernen. Son como cuchillos que hincan su filo en nuestra piel. Desmigajando a través de exabruptos y arrebatos la crueldad humana. Su pintura es deforme, desmesurada, grotesca y aberrante, como las negras de Goya. Pero también es una luz que nos llama la atención sobre algo trascendente. El hecho de que las grandes ciudades no son lugares aptos para la convivencia. Son emplazamientos inhóspitos y peligrosos. En los que ni siquiera una simple historia de amor puede cuajar. Pues en esta ocasión Travis no recorrerá en silencio las autopistas de Houston tras haber expiado sus pecados junto a Jane y su retoño. Aquí todo es más oscuro y deprimente si cabe.

Escrito por Rubén Redondo


Todo modo de amor al cine.



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