Dogman (Matteo Garrone)

Muchos comentarios hacia Il racconto dei racconti (2015) dejaban pensar que Matteo Garrone había cambiado completamente su forma de entender el cine de un momento para otro. Como si hubiera modificado su estilo y desechado los intereses discursivos y temáticos que había elaborado anteriormente en su filmografía por algo donde primaba sobre todo la estética —vaciándose de contenido y profundidad—, preocupándose más de la dirección artística que de elaborar algo valioso con sus elementos. Sin embargo, si algo destaca de la filmografía de Matteo Garrone es una evolución constante en el uso de los recursos cinematográficos y el tratamiento de los conflictos de los personajes. Una evolución que le lleva a explorar sus señas de identidad narrativas unidas al manejo del espacio a través de la cámara y su punto de vista sobre una realidad nunca carente de sordidez. Dogman se perfila ahora como una continuación coherente con esa sublimación visual que incluía el uso de planos subjetivos, una composición más elaborada de la puesta en escena y el aprovechamiento exhaustivo de la profundidad de campo. Y aunque da un paso atrás en los elementos fantásticos, lo da para volver a terrenos conocidos a nivel de relato, pero siendo continuista con el eje sobre el que han girado siempre sus obras: el fracaso de las aspiraciones de sus personajes y cómo estos deben gestionar las consecuencias, a menudo trágicas, para ellos.

El protagonista es Marcello (Marcello Fonte), un popular y querido peluquero canino de un suburbio de Roma que además trapichea con cocaína y mantiene una relación de negocios con un exboxeador que atemoriza al vecindario con sus comportamientos violentos y sus pillajes. Es a partir de su interés por robar la joyería colindante a su pequeño negocio cuando se produce el desastre: le incrimina por el hecho y Marcello se encuentra con el dilema de delatarle o pasar un tiempo en la cárcel pensando en la suculenta parte que le corresponde por el golpe y en su hija. Volvemos a encontrar distintos aspectos que son prácticamente autorrefenciales de la obra anterior de Garrone. El funcionamiento del crimen organizado a través de las dinámicas interpersonales que aparecía en Gomorra (2008), una aproximación a la transformación física como punto de incisión psicológica en sus personajes que llegaba a su máxima expresión en Primo amore (2003) y un personaje central que se aparta de la sociedad y su normatividad, que vive bajo sus propias reglas y llega a ser considerado un paria intentando integrarse con sus habilidades y ser respetado, como ocurría con el que da título a L’imbalsamatore (2002).

Ese individuo de aspecto llamativo y costumbres peculiares —cuyo débil físico y voluntad están al servicio del que ejerce violencia sistemáticamente como método de disuasión— utiliza los buenos modales y la palabra para calmar a los animales con los que trata en su peluquería sin importar lo aparentemente peligrosos que puedan llegar a ser. La sumisión y la lealtad no significan nada para los que usan la autoridad sin legitimidad, con intimidación y agresión como herramientas de un diálogo de gestos rudos, amenazas y palabras ausentes. El paralelismo entre el peluquero y sus perros y cómo el tratamiento hacia el otro define cómo será la reciprocidad en el trato establece una conexión primordial entre el ser social y la naturaleza animal instintiva encerrada en el alma de todos nosotros para la supervivencia. Una esencia que se transforma y crea un monstruo implacable en defensa propia. ¿Hasta qué punto podemos soportar el sometimiento irracional y el maltrato? ¿Qué significa la devoción si no se recibe una gratificación acorde al sacrificio dispuesto a realizarse por un bien mayor que nunca llega? Dogman juega con un simbolismo entre lo urbano, sucio y anacrónico sobre el fascismo en el límite entre el orden social establecido como mandato divino por un reflejo distorsionado y cruel de nosotros mismos y la resistencia a abandonar la identidad del individuo como consecuencia de ello. Una identidad que supone el único arma que podemos usar para nuestra liberación definitiva.

Escrito por Ramón Rey


Crítico y periodista cinematográfico.



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