Cold Lands – Lurralde hotzak (Iratxe Fresneda)

En Los ecos del Irrintzi (Irrintziaren Oihartzunak, 2016) quedaba ya claro el interés de la directora vasca Iratxe Fresneda por revelar el legado invisible del cine fijando su atención en una figura olvidada por la historia. En aquella, su primera película, el mismo proceso de descubrimiento de la creadora y su mirada quedaban totalmente reflejados en la aproximación formal del ‹film› y su estructura. Ahora vuelve con otro ensayo fílmico que continúa de manera completamente coherente con el desarrollo de su estilo de narración, construcción visual y elaboración discursiva. Cold Lands (Lurralde Hotzak) se configura como un manifiesto sobre la concepción del cine de su directora, como un diario con sus reflexiones sobre las imágenes que genera y la extraña alquimia asociada a ellas, como un viaje en busca de los relatos escondidos en el fuera de campo de los lugares que visita, en la memoria individual o compartida, y en el cine ‹per se›. Pero también como una exploración de las posibilidades de este medio de expresión artística en un mundo actual saturado por el consumo y la producción audiovisual en el que, sin embargo, la capacidad de interpretación del espectador y las posibilidades de la autoría —las referencias y el contexto asociados a las obras— están colonizados por los intereses industriales y una perspectiva sesgada por las narrativas hegemónicas predominantes.

Fresneda primero establece una especie de jerarquía ética primordial citando a Theo Angelopoulos y Víctor Erice, proponiendo su particular visión sobre el cine y sobre la vida en una interrelación directa que define como inherente a la creación artística. Las experiencias vitales, las tendencias personales y profesionales, su manera de entender el mundo y su compromiso político aparecen registrados en una primera parte en la que conecta su búsqueda en los márgenes de la historia con lo que va a elaborar a continuación —con unas ambiciones de complejidad y escala muchísimo mayores que en su anterior película—. La consistencia es absoluta en su radical perspectiva formalista. Habla del origen del cine pero no dedica atención ni a Edison, ni a los hermanos Lumière ni a otros tantos personajes ya conocidos. Visita ciudades mil veces capturadas por cineastas a lo largo del tiempo pero establece una relación específica y novedosa con esos espacios a partir de su punto de vista concreto. Si al comienzo las citas y alusiones son más o menos profusas a partir de imágenes de archivo, estas van desapareciendo hasta que las grabaciones originales de la autora son preponderantes en la pantalla. La idea de ‹road movie› que se plantea inicialmente es tan sólo un ‹macguffin› para las digresiones constantes en las que tiende a huir del camino marcado originalmente por ella misma.

La voz en off en euskera vuelve a estar presente complementando sus planos, pero no para explicarlos sino a modo de comentario intertextual —que cohesiona su propio montaje—, expandiendo las resonancias de sus percepciones y descifrando algunas de sus intenciones. Todo esto a la vez que potencia sus aspectos enigmáticos a través de la evocación de elementos poéticos, de cuestionarse a sí misma y lo que hace. Más que subrayar el simbolismo que pueda esconder su metraje, Fresneda señala la dirección hacia la que el espectador debe estar atento mientras cambia continuamente el sentido de su estudio en un ejercicio de deconstrucción tan lúdico y denso como didáctico. De su lugar de origen a Islandia el recorrido realizado en Cold Lands de miles de kilómetros y meses nos aproxima cada vez más a la esencia desnuda y la naturaleza de lo cinematográfico y también al carácter y el corazón de la cineasta. Como creación humana, el cine no puede separarse de nuestra experiencia o de la realidad. Si nuestra mirada sobre el mundo es una recreación mediatizada y parcial en todas las esferas en las que habitamos como individuos, la única forma en la que el cine puede sobrevivir es enseñando aquello que nunca se ha mostrado, narrando las historias que todavía no se han contado y escuchando las voces que se han silenciado.

Escrito por Ramón Rey


Crítico y periodista cinematográfico.



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