Banklady (Christian Alvart)

Pese a que después de Bonnie & Clyde y ochenta mil sucedáneos más ya nos hemos acostumbrado a que las mujeres también puedan ser unas perfectas atracadoras, lo cierto es que hubo una época en la que simplemente mencionarlo parecía un disparate. Hablamos de los años 60, concretamente en un banco de Hamburgo donde entra una señora de bien con una pistola y solicita todo el dinero de la caja. La primera reacción de los cajeros es reírse, pero pronto descubrirán que subestimaron a la mujer. Ésta, de nombre Gisele Wiler, fue la primera atracadora de bancos en Alemania y, siguiendo el estilo de la época, fue icono más de la llamada revolución sexual que llevó a las mujeres a alzarse en verdadera libertad. Todo esto se nos cuenta en Banklady, obra dirigida por Christian Alvart (que ya pasó por Hollywood para rodar Expediente 39) acompañado por la actriz Nadeshda Brennicke, indudable rostro visible de la película.

En primer lugar, llama la atención el peculiar estilo con el que está filmada la película. Se podría considerar cercano al de Guy Ritchie, aunque no tan pasado de rosca y, desde luego, sin prácticamente carga de violencia. De hecho, alterna momentos donde la cámara se comporta con seriedad con otros donde las pantallas partidas y las acciones simultáneas alcanzan su máximo esplendor. Incluso llega a dar la sensación de que en ella se mezclan dos estilos diferentes, como si se hubiera cambiado de realizador a mitad del rodaje (cosa que, hasta donde sabemos, no ha sucedido).

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Es innegable que Banklady tiene sus momentos, pero la verdad es que en su conjunto la película no acaba de funcionar. O mejor dicho, no da todo lo que podría haber dado. Un thriller de atracadores cuyo protagonista puede resultar tan carismático debe dar más de sí. Combina escenas realmente logradas (los atracos en general y algún momento de tensión puntual) con otras tramas secundarias que al final no llegan a ningún lado. También hay algún detalle inexplicable en el guión que hace que el personaje protagonista de Gisele Wiler no sea tan redondo como en un principio se podía pensar. Aunque la interpretación de Brennicke es buena y la evolución del personaje es lógica, sus motivaciones no están del todo bien explicadas y sobran bastantes minutos donde su figura circula por otros derroteros distintos al argumento central.

El caso es que, dentro de sus altibajos, Banklady sabe estirar la trama con bastante soltura hasta llegar a las casi dos horas de película. La obra sigue casi al pie de la letra el clásico esquema de los thrillers de atracos (Origen humilde – Deseo por la aventura – Éxito – Fuga – Resolución) y por no faltar ni siquiera echamos de menos a los típicos personajes secundarios (el amante y compañero de atracos, el segundón que no se sabe de qué lado está, el jefe de policía que les sigue la pista de cerca…). Buenas ideas para una ejecución no tan brillante, podríamos decir.

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Puestas todas las cartas sobre la mesa, queda a juicio de cada uno decidir hasta qué punto Banklady es o no una obra satisfactoria. Influirá en el resultado primordialmente el número de películas de este estilo que haya visto cada uno, el peso que se le quiera dar a la obra como instrumento simbólico (aquello de la revolución sexual) y el propio peso que se le dé al factor sorpresa (algo escaso en esta ocasión). Lo que parece seguro es que es una película que a pocos les parecerá grandiosa o despreciable, ya que arriesga poco, convence en diversos momentos, tiene protagonistas comedidos que no terminan de reventar a un lado o a otro y, sobre todo, su trama permanece pendiente de resolución hasta el mismo final. En resumen, una propuesta no demasiado arriesgada, pero decente.

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