Aquarius (Kleber Mendonça Filho)

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La resistencia ante el cambio material que supone el paso del tiempo no es consecuencia de un espíritu obsoleto que se quede anclado en lo pasado por miedo a lo que está por venir. Más bien debe ser entendido como una mirada rica y detallista que desea mantener en pie todo símbolo de lo que alguna vez fue importante y así evitar que los nuevos derroteros que toma el mundo tiren por tierra todo signo que refiere a grandes emociones. El director Kleber Mendonça trata todo esto en su última obra. Aquarius es una película de resistencia que toma por protagonistas a un edificio (llamado Aquarius) demandado por una constructora y a Doña Clara, una mujer de 65 años que intenta mantener la vivienda por todos los medios posibles. La estructura que construye el realizador brasileño para desarrollar la relación entre estos tres elementos (edificio, Doña Clara, constructora) es muy inteligente. En un primer momento, y a modo de prólogo, Kleber Mendonça muestra a la protagonista, todavía joven, en disposición de llegar al inmueble. No solo vemos el hogar por fuera y por dentro (como podría verlo la constructora, sin un contenido más allá de los propios materiales que constituyen el edificio), sino que asistimos a la vida que hay dentro de él. La presencia de la familia y el uso de ciertos planos llevan al espectador a sentir que detrás de cada palabra y de cada objeto hay una historia. En esta introducción, el director está justificando el resto de metraje de la cinta, diciéndonos que los objetos de ese edificio no son meras cosas, sino que son cosas que remiten a algo que las desborda. En un segundo momento, Kleber Mendonça da un salto en el tiempo de varias décadas, situando la acción en el presente y dando comienzo a lo que va a ser el grueso de la narración. Llega el giro. El tercer elemento que rompe la pacífica relación entre edificio y Doña Clara es exhibido mediante la figura de un sosegado y narcisista empresario en ciernes. La tensión entre los ataques de esta tercera pieza y la resistencia de la protagonista dará lugar a un juego entre dos componentes que buscan fines totalmente opuestos.

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Ahora bien, el interés de Aquarius no reside simplemente en el uso de esta estructura, así como tampoco se encuentra solamente en la creciente tensión entre los individuos en discordia. La grandeza de Aquarius se asienta en visión de la vida que se desprende de ella. En este sentido, la trama central queda a la sombra del fluir de la protagonista. Doña Clara se mueve en su día a día por las calles de Brasil desde una segunda resistencia (sufrió cáncer de mama en su juventud). De esta manera, atributos como la dignidad, la valentía, la determinación, o la alegría de vivir confluyen en la protagonista, adquiriendo una envergadura poderosa y un alcance que Sonia Braga lleva a alturas demasiado elevadas y cuya percepción lleva a un ensimismamiento en un grado supremo. En otras palabras, Kleber Mendonça deja en un segundo plano el seguimiento de la trama para provocar en el espectador una especie de ascensión hacia la contemplación pura de un personaje hechizante que se desplaza en un tiempo y en un lugar muy bien definidos.

Aquarius se habrá ido de vacío de eventos como Cannes o la SEMINCI, pero su capacidad de atracción, así como la vitalidad que desprende y el tratamiento sutil del tiempo mediante el uso agudo del montaje provocarán que sea señalada como una de las películas más oportunas e inteligentes de este año. Si bien se dijo que se trata de una película de resistencia, la mejor manera de tener en cuenta Aquarius será la de proteger del devenir del tiempo este objeto detrás del cual se encuentra la representación de toda una época, condensadas tanto sus luces como su negrura.

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