Aprendiendo a conducir (Isabel Coixet)

La vida de Wendy, una escritora que parece llevar una existencia apacible en Manhattan, se empieza a torcer en el momento en que su marido Ted abre los trámites para divorciarse. Además del fracaso matrimonial y del lío burocrático que conlleva tal separación, a Wendy le surge un problema: ¿cómo se moverá por la ciudad? Hasta el momento, Ted y su coche eran los encargados del transporte, pero nuestra protagonista no sabe conducir. Es entonces cuando aparece la figura de Darwan, un hombre que llegó desde la India por temas políticos y que comparte su oficio de taxista con clases particulares de conducción. Aquí surge Aprendiendo a conducir (Learning to Drive), penúltima película de la cineasta española Isabel Coixet, que va a un ritmo frenético de producción (ya estrenó Nadie quiere la noche en la pasada Berlinale).

Aprendiendo a conducir guarda algunos mecanismos habituales del cine de Coixet. Comenzando por lo inmediatamente notorio, los personajes femeninos vuelven a hacer gala no sólo de mayor protagonismo respecto de sus homólogos masculinos, sino de una construcción más entera y creíble. Hablamos del papel de Wendy, pero también de otros secundarios como el de Jasleen, que logra mantener la compostura pese a que en principio apuntaba a ser poco profundo. Otra de las características habituales de Coixet es que los personajes que pone en liza han atravesado situaciones difíciles en su vida y sufren para reintroducirse en la nueva vida social. Es lo que sucede aquí con Wendy: su matrimonio se ha roto y debe dar inicio a una nueva etapa. Más allá de esto, encontramos también varios planos y recursos que la directora catalana ya había utilizado en trabajos anteriores (por ejemplo, no falta la típica escena en la que uno de los protagonistas vomita).

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Sin embargo, estos nexos de unión entre Aprendiendo a conducir y el resto de la obra cinematográfica de Coixet prácticamente terminan ahí. Pronto descubrimos que esta última película aparca el excesivo dramatismo que vimos en Mi vida sin mí o La vida secreta de las palabras para en su lugar apostar por un giro hacia la comedia. Con algún tinte dramático, pero comedia al fin y al cabo. Y la verdad es que algún gag tiene cierta gracia, según un servidor nada suficiente como para soltar la carcajada, pero sí sabe mantener un tono alegre y distendido durante todo el relato. Ayuda en este punto la fotografía muy viva de Manel Ruiz, en contraste con otras obras donde Jean-Claude Larrieu usaba colores más apagados. Un cambio lógico, en tanto que el mensaje en un principio parece ser bastante más esperanzador. Pese a las visibles diferencias respecto a trabajos anteriores, lo que no cambia en Coixet es el saber rodearse de actores excepcionales. En esta ocasión, el veterano Ben Kingsley y la siempre cumplidora Patricia Clarkson ofrecen altas dosis de calidad interpretativa.

Si su problema en otras obras era pecar de un excesivo trascendentalismo, consideración de la que buena culpa tenía el detallar con pelos y señales a través de diálogos lo que ya se podía ver en la pantalla, en esta ocasión podemos decir que sucede justo lo contrario: Coixet apenas araña la superficie de una comedia cuyo punto de partida ofrecía suficientes motivos como para pensar que podría haber sido bastante más profunda. El problema es que los dos protagonistas se estorban mutuamente, en 105 minutos de metraje no hay suficiente material como para contar sus respectivas historias de una manera satisfactoria. Quizá habría sido más conveniente para la obra de Coixet el restar protagonismo a Darwan en beneficio de Wendy, de tal manera que aquel se limitase única y exclusivamente a apoyar el relato de su compañera en lugar de delegar varios minutos a construir su propia trama.

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Podemos concluir que Aprendiendo a conducir es un filme bastante agradable para echar el rato y recomendable para fans de Coixet siempre que acudan avisados del cambio de registro llevado a cabo por la realizadora en este trabajo. Si bien recurre a mecanismos argumentales algo manidos (más presentes en el personaje de Darwan que en el de Wendy, todo sea dicho), los utiliza de una manera honesta y distendida, sin intentar hacer pasar a su película por algo que no es. No obstante, ésta resultará poco satisfactoria si uno acude a su visionado con expectativas diferentes a las mencionadas, ya que no deja demasiado lugar a extraer algo realmente notorio fuera de esos 105 minutos, si exceptuamos quizá la notable interpretación de Patricia Clarkson y la propia curiosidad por ver a Coixet intentarlo con un nuevo género.

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