Alleluia (Fabrice Du Welz)

Dos manos enfrentándose a un cuerpo desnudo en una secuencia premonitoria cerrada por la férrea expresión de un rostro fuera de sí. La contención que encierra —aunque no lo parezca— esa tez es como el extraño equilibrio de un vínculo donde el cálculo se antepone al arrebato hasta que las vías dispuestas terminan por llevar a un ineludible estallido.

Alleluia

Con Alleluia, Fabrice Du Welz se encuentra a sí mismo en un nuevo estado donde la abstracción y la (anti)narrativa que complementaban un universo denso y alucinado desaparecen. Ello sirve al belga para continuar una introspección que no ha perdido un ápice de su valor, y es que la presunta linealidad de su nuevo trabajo no hace sino vertebrar un relato en el que la atmósfera ya no sirve tanto como eje central. Precisamente en ese marco, la relación entre ambos protagonistas es capaz de tejer un discurso a través del cual esa alucinación se percibe mediante notas que por sí solas constituyen un tono. En él, la desnudez del cuerpo y el sexo sostienen una correspondencia directa con el lazo entre Gloria y Michel, nutrido por un infierno propio mediante el que la emoción queda recluida a expensas de un estímulo que le ponga fin.

Son sexo y felicidad ajena los impulsores de una turbadora pulsión que obtiene en las incontroladas e incontrolables explosiones de violencia de Gloria una respuesta consecuente. Su mirada, pues, acerca la humanidad, e incluso el deseo, a un rincón dominado por lo grotesco en el que el sonido refuerza una sombría naturaleza capaz de hacer mutar la imagen y deformar el significante de la misma.

Alleluia

Es por ello que la relación descrita necesita encontrar necesariamente en esa estructura episódica una contraposición que llega con el desenlace de cada capítulo: para armar desde su raíz una conexión contenida a través de la frialdad que trata de imponer Michel, y detonada por un dolor que no deja de ser terrenal pese a desatar la más pura de las enajenaciones. Du Welz asienta así un tono (des)equilibrado por dos cuerpos que en realidad son uno, o se sienten como uno. Porque la distancia real que separa a Michel y Gloria no está en lo que sienten, lo está en como transmiten, y así es como chocan frialdad y pasión en un marco que encuentra en la inmediatez de las relaciones esa decisión de trasladarse al presente, y estructurar partiendo de la era 2.0 su relato.

El torbellino emocional que traza Gloria en torno a su figura es aprovechado por el belga para desarrollar las posibilidades del film y, por ende, de su cine. La atmósfera, virtud capital y prácticamente embrionaria de la obra de Du Welz, refuerza en Alleluia los momentos álgidos de violencia expresados en ese ambiente que prácticamente aplaca la visceralidad de las imágenes, encargadas de modo paradójico de la construcción de pequeños puntos de clímax que por sí solos ya serían capaces de sustentar la obra.

Extraño e hiriente, el vínculo entre Gloria y Michel es el que termina alimentando la película, que se nutre de él como si la simbiosis entre lo visual y lo conceptual fuese su máxima aspiración. Y en el fondo no es de extrañar, pues la obra del autor de Vinyan atesora la insólita capacidad de cimentar su cine sobre un territorio apto para el fracaso, donde el triunfo se desliza ante un angosto final; algo así como lo que, en definitiva, sucede con Michel: asentado en una superficie resbaladiza, el arrebatado carácter de Gloria, termina incluso —e impulsado por su presencia— cerrando un círculo que ella contempla como algo más que una enardecida danza al son del crepitar de una enorme hoguera, y es inevitablemente arrastrado a un desenlace invisible a los ojos del espectador, más aterrador por el qué que por el cómo.

Alleluia

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *