Aliens (Luis López Carrasco)

Luis López Carrasco vuelve a trabajar en solitario para devolver su mirada de nuevo al pasado reciente de España. Si bien el director de Murcia mostraba con El futuro el contraste entre ese “hay que cambiar” socialista del inicio en negro de la película y una fiesta de piso en la que los jóvenes hablan un poco de todo y así como con esperanza pero con unos inevitables dejes de decadencia y desamparo en sus movimientos y hablares y en la que todo discurso quedaba a la sombra de una imagen que representaba los movimientos pesados de los que allí se ponían ciegos; es en la reciente Aliens donde el miembro del grupo Los Hijos se vuelve hacia una Movida Madrileña que, lejos de derivar en un sermón correspondido plenamente con la versión flower power que nos llega como única y absoluta, toma la forma de una charla que da bandazos hacia uno y otro lado, mostrando sus luces y sus sombras. La encargada de poner voz a todo esto es Tesa Arranz, que habitó aquellos ambientes de jeringas, ácidos, ideas tochas y otras no tanto, elitismos, llanezas, glandes y clítoris de color de arcoíris, interpretando un texto que no es otra cosa que la transcripción de una entrevista que le realizó Germán Pose, lo que se vuelve una especie de juego en el que una voz se basa en palabras propias y escritas del pasado que refieren a su vez a un pasado más lejano y todo ello desde un presente que no apunta a ningún futuro —«Y, de verdad, lo que más me gustaría es morirme ahora mismo, me encantaría», dice al final de la entrevista Tesa Arranz—.

Es este un discurrir que nos lleva, de manera clara y con descaro, bordeando por aquellos años de La Movida para que podamos advertir las dos caras de todo aquello: el progreso y la decadencia, la creación original y la copia, el ser y el querer ser. Es precisamente esta escisión entre el que es y fluye (es decir, el que realmente está en desfasaje con su tiempo sin mirar a otro, el que no fuerza sus gustos o talentos para identificarse con aquella figura que destaca en una época, sino que es fiel a sí mismo —por ejemplo Arrieta, según se desprende de las palabras de la de Zombies—), y el que quiere ser (el que quiere entrar dentro de ese molde habitado por individuos con aura que gustan en un determinado tiempo precisamente por estar fuera de él —lo que vendrían a ser Las Costus en el relato de Tesa—), la que marca toda época de convulsión artística y cultural, y que bien puede resumirse, dentro del contexto, diferente pero extrapolable, del malditismo —y recurriendo también a unos años ochenta pero a otro tierra—, en la sentencia de Jean-Michel Basquiat, que decía: «Desde que tenía diecisiete años quería ser una estrella, pensaba en todos mis héroes, Charlie Parker, Jimi Hendrix… Tenía un sentimiento romántico de cómo las personas llegaban a ser famosas». Es decir, que en este planteamiento de Tesa Arranz, que deja a un lado la originalidad y en el otro el uso y abuso del comportamiento mimético, podemos ver como una motivación generacional pura y de vanguardia impulsaba ciertas renovaciones, mientras otra que hacía bulto y metía paja para unirse a esa cabecilla (muchos supongo que desde ese narcisismo detrás del cuál no hay nada) se alimentaba a la desesperada de su propio tiempo, al que convertía en tiempo mítico en el propio sucederse los acontecimientos, en el mismo acabar de ser, volviendo leyenda a sus propios contemporáneos porque no había un pasado cercano al que emular, a nadie que ensalzar desde ese sentimiento romántico del que nos hablaba Basquiat (¿los años 70 de Barcelona?). Es en este sentido que, manteniéndose en una situación de extrañeza absoluta respecto a todo lo que le rodea —manifestado en ese estar más cerca de los extraterrestres que de los humanos que, más allá del propio verbo, revela a través de esos dibujos que, desde un montaje cuidado, son sucedidos hasta inducir a pensar si no serán esas figuras a las que refieren en verdad sus palabras, y no tanto a aquellos que desde un principio tenemos en mente— Tesa Arranz y la forma que a todo esto da Luis López Carrasco desde su grabar en VHS para dar quizá cierta sensación de continuidad con la época narrada, embisten a ese comportamiento mitificador que solo muestra la luz de una época para que puedan tanto sentirse únicos y necesarios sus artífices, como para que, y desde una especie de comportamiento paternalista indirecto, las generaciones que no vivimos nada de aquello podamos cubrir esa nostalgia natural que surge en toda juventud y que se resume en ese “todo tiempo pasado fue mejor”. Pero, como se desprende del final brillante del texto de Tesa Arranz, dejando ese juego de luces y sombras moderado para terminar arremetiendo a lo loco contra todo eso que ya fue, al fin y al cabo todo pasado a nivel global fue básicamente una puta mierda por no haber convertido el mundo en una obra de arte pura desde la fusión después de tanto tiempo, así que mejor será ir a conocer otros mundos. Yo la aplaudo.



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