Ado Arrieta… a examen

«Cuando lo pienso, me dan ganas de tomar un revólver y abrir un verdadero underground. Quizá lo haga algún día.»

Jonas Mekas, Diario de cine. El nacimiento del nuevo cine norteamericano, Mangos de hacha, México, 2013, p.191.

Es evidente que las mentes más privilegiadas, como causa del continuo roce que produce la frustración, han tenido presente el uso de la violencia en algún momento de sus vidas. Este deseo de atacar al aletargado bien para que espabile, bien para acabar con él porque está visto que no espabila de todas maneras, ha sido manifestada en tres modos diferentes por diversos artistas semidivinos que han estado, queramos o no reconocerlo, dotados de un “nosequé” que les ha permitido elevarse por encima del común de los mortales. En primer lugar está el planteamiento en palabras que busca representar una imagen violenta que proviene de lo más profundo del propio autor, evitando así llevarla a cabo pero provocando cierta reacción en el espectador, convirtiéndose así, a mi juicio, en la más sabia de todas ellas. Ejemplo de ello (más allá del de Mekas citado más arriba) sería el famoso texto de Bretón en el que alude al impulso de acabar con el “principio de degradación y embrutecimiento” disparando azarosamente en la boca del estómago a quien se mueva; también sirven para ilustrar esta vertiente la incitación de Burroughs a acabar con el orden, así como las instrucciones que detalla en su Manual revisado del Boy Scout; el movimiento juvenil que orquesta Bertrand Bonello en su sublime Nocturama podría entrar como ejemplo actual de esta línea. En segundo lugar se encuentra la violencia directa contra el objetivo abotijado, que no pudo llevar a cabo de manera más acertada otra eminencia sino Salvador Dalí quien, como cuenta en una entrevista, sintió la obligación de soltar un tremendo bofetón a un niño de su edad que comía chocolate como un niño (y es que no hay cosa más grimosa que un niño comiendo como un niño). El tercer camino que utiliza el artista que encuentra en la sociedad aplatanada ¹ a su mayor obstáculo, y que quizá sea el más utilizado, es el de la autodestrucción. Figuras que devienen mito como Maurice Utrillo, Modigliani, Basquiat, o el propio Burroughs (ese espíritu tan lúcido pero tan agrio se movió por todos los caminos incansablemente) decidieron volcar toda la furia contra su propio cuerpo, conscientes quizá de la imposibilidad de horadar tan vasto muro ².

Todos estos que aquí arriba se nombran (menos algunos que lograron derrocar la hegemonía mediante la lucha ideológica y teórica —manifiestos, panfletos—, como los ejemplos de vanguardia histórica) acabaron en los márgenes de la cultura, permaneciendo en ellos miserablemente. Y es que, lejos de toda esa idea romántica de habitar los márgenes como rasgo distintivo de originalidad, de carácter único, etc., puede decirse que los márgenes están podridos y que no acudes a ellos por placer, sino como consecuencia de ser echado a un lado por una fuerza mayor (no haber salido ni siquiera a tierra puede ser otra metáfora —underground—). En otras palabras, lo que parecen querer todos estos artistas no es habitar la orilla o el subsuelo, sino permanecer en un folio donde todas las diferentes líneas, sin que haya una gruesa principal, tengan su cabida sin necesidad de tener que pintarrajear los bordes. Que se atiendan a todas las múltiples posibilidades por igual sin tener que emular a un molde hegemónico necesariamente (como consiguieron las Vanguardias de la primera mitad del siglo XX). Pero resulta que, como en todo, hay excepciones. Un hombre parido en Madrid pero realizado entre España y Francia, llamado Adolfo Arrieta, llegó al mundo físico en general, al artístico en particular, para ignorar esta pugna por un hueco entre corriente hegemónica y vías secundarias. Y es que Adolfo Arrieta parece tener un folio propio en mente en el que no hay ni márgenes ni centro donde esparcirse, un lugar donde todo tiene cabida sin rencores aparentes. Una especie de lunático al que se la soplan las luchas que se derivan de maneras de hacer opuestas precisamente porque ha erigido un mundo propio de fantasía donde no tienen cabida los dualismos. Pero al tratarse de un constructo puramente mental e individual que surge en la mente concreta del director español, tan solo cabe observar su obra para poder intuir después en qué consiste ese mundo. Y es que si ya es difícil penetrar en la mente de una mente girada, más lo es aún si sobre esta se ha edificado un mundo tan sumamente particular como lo es el de Arrieta.

Si tomamos el ejemplo de Merlín (1990), adaptación de una obra de su admirado Cocteau, podemos apreciar, en primer lugar, esos personajes en constante relación con la magia y la fantasía que tanto parecen gustarle. Más allá de este elemento se hace notable una atmósfera oscura compuesta por una pobreza de medios brutal que, unida al interés por la experimentación del director, dan lugar a un ambiente totalmente surreal, totalmente seductor en su cutrez. La chispa a este universo construido sobre los personajes del Rey Arturo, Merlín, Ginebra, Lancelot y demás salta cuando estos comienzan a relacionarse entre sí. Un humor brillante y salvaje sale de sus bocas dando lugar a situaciones tan surrealistas, a idas de cabeza tan sumamente grandes, que en su carácter desmedido terminan por embriagarte y clavarse hasta hacer reir, o flipar un poco al menos, al tipo más soso. Ya sea Merlín en su carácter más experimental y juguetón, o bien se trate de la reciente Bella durmiente con su éxito comercial en Francia (claro ejemplo de cómo Ado Arrieta se mueve de un lado para otro —de “underground” a “cine comercial”— sin importarle lo más mínimo lo que digan de él, ya sean los marginados del margen, bien los ultraconservadores de la convención reinante), el director de Tam Tam se mantiene en un universo paralelo creado por él, aunque inspirado por Jean Cocteau, y al que permanece fiel después de tantos años, lo que es digno de respeto. Más allá del bien y del mal, de culturas y contraculturas. Rey de su propio mundo alejado de toda regla terrenal será, sin embargo, relegado al margen del margen por los que aquí habitan.

1– Entiendo por sociedad aplatanada, abotijada y demás términos despectivos aquella persona que puede ser y no es. Es decir, a todo aquel sujeto que tiene el tiempo y los medios (todo aquel que no trabaje encerrado 12 horas en una fábrica aislado del mundo, para que nos entendamos) para poder llegar a abrir su mente en todas las direcciones y no juzgar, sino ver con normalidad y con la misma cara todo lo que acontece (salvo que eso que acontece atente contra el cuerpo físico de alguien o su corpus de ideas) pero que, en cambio, vive por y para una parcela de la vida ignorando o juzgando todo lo que está fuera de ella. Una persona que habla de un tronista de MHYV (algo maravilloso) pero que tacha de raro y de loco a Neal Cassady y a todo lo que representó hasta su muerte, por ejemplo, sería un completo y soberano aplatanado, un estúpido.

2– En el siguiente enlace se puede ver un fragmento que publicaron en una revista de un trabajo de investigación que hice hace unos años sobre la figura del artista maldito, en concreto sobre esta tercera vía de la autodestrucción. http://www.salamancaentresierras.com/2016/02/celso-lagar-salio-de-ciudad-rodrigo.html



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